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A los que se perdieron en el tiempo

 

Mis recuerdos como socio vitalicio desde el 21/03/2007

 

Se fueron sin decirme “adiós”

En todos los años de mi vida bursátil, muchas personas que estimaba se perdieron en el tiempo o se fueron sin decirme adiós, pero yo los recuerdo siempre.

A veces, cuando entro al recinto por Sarmiento 299, tengo la sensación de encontrarme con algunos de ellos, en esa rueda bulliciosa poblada de voces y rumores, impregnada por el humo de los cigarrillos y desde lejos.

Me parece ver a “Chilín” con sus prismáticos aferrado a la baranda y como una sombra pasa a mi lado a Ramiro López, al que trato de saludar, pero se desvanece con una leve sonrisa.

Lo busco a mí alrededor y como si despertara de pronto, me encuentro con el actual Recinto despoblado, casi indiferente al incidente que acongojo mi alma.

Ramiro López fue víctima de una inversión voraz que consumió sus bienes como una llamarada y en acto de protesta o rebeldía incomprensible se puso a lustrar zapatos.

Otras veces me cruzo con Don Rafael que me pregunta a cuánto está” Pérez Companc, que no alcanza a divisar con sus 100 años y al responderle, él con su Avanti aplastado entre los labios me dice que es una acción para guardar.

Al Ingeniero Echevarria, que trataba de ser popular con cuentos que no hacían reír ni por compromiso.

A su hermano Inocencio, ¡qué buena persona!

A Don Bartolomé Fernández, ese empresario “pintón”, inteligente que siempre pensó que podía cambiar el sistema bursátil.

La Señora Rooseleer, una mujer emprendedora, que empeñaba en cobrar las cuotas de la Cámara de Inversores y les explicaba a los novatos la forma de invertir en bolsa.

Al Señor Corna, un industrial que fue el gran hacedor de la transformación edilicia del Principal Recinto de operaciones y que me honró con su amistad. Recuerdo que cuando venia a la Bolsa se quedaba largo rato conversando conmigo.

El gran triunfador, el filósofo, afable y conversador, amigos de todos, el inolvidable Pablo Stratiotis.

 Me viene a la memoria aquel encuentro casual por la calle Florida, que después de comentarme las empresas que evolucionarían favorablemente, acariciando el rostro de mi hija Romina de ocho años, y deslumbrado por sus ojos vivaces, vaticinó que sería una persona importante en la vida (Hoy es abogada).

Al gran ser humano que dirigió los destinos de la Bolsa de Comercio sin tener representación, mi amigo el señor “bebé” López.

Aún siento la presión de su mano en mi hombro cuando me obligó acompañarlo hasta el Nuevo Recinto de Operaciones y tal vez haya sido el único que se despidió de mí con ese gesto poco común, presintiendo de cerca la muerte que se lo llevó en pocos días.

El Doctor Divito, sobrino del que fuera autor de la revista “Rico Tipo”, siempre alegre, que me brindó en poco tiempo toda su confianza y me hizo confidente de algunas cosas de su vida.

A mi entrañable amigo el Dr. González Frutos, de una gran sensibilidad y humilde como los grandes.

Al Señor industrial Federico Peña, de gran inteligencia y práctico, accedió a que se informara los resultados de los balances por medio de A63 y siempre nos atendió con deferencia y amabilidad.

A Dehovna Pereira con su pipa adosada a su boca, inteligente y alegre, conocedor como pocos de la vida política de la Bolsa.

A Marcelo Ainbinder, un liberal de estirpe, poseedor de una gran cultura y por sobre todas las cosas una muy buena persona.

Pero mi ingrata memoria con los nombres no me permite señalar a todos aquellos que formaron parte de mi vida bursátil, por eso quiero pedirles disculpas y decirles que en algún lugar, tal vez, nos reencontraremos.

Por eso, cuando viajo con destino a la Bolsa encerrado en mis pensamientos, tengo la impresión que me voy a encontrar con algunos de ellos para decirles que realmente los extraño, pero también reprocharles a los que se fueron sin decirme adiós.

Aldo Gasparroni
Socio Vitalicio

recinto

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